EL FINAL ANUNCIADO DE YLLANA
Andrés Yllana no se va por una mala racha. Se va porque nunca logró convencer.

Más allá de los números, que por momentos permitieron sostener la ilusión de un equipo competitivo, la realidad futbolística mostraba otra cosa: un San Martín que nunca terminó de encontrar una identidad clara y que, con el paso de las fechas, generaba más dudas que certezas.
El principal problema del ciclo no estuvo en una derrota puntual ni en una serie de resultados adversos. El problema fue que después de varios meses de trabajo todavía era difícil explicar a qué jugaba San Martín. El equipo cambiaba de esquema, modificaba nombres, probaba variantes y buscaba respuestas, pero rara vez lograba transmitir la sensación de estar consolidando una idea.
Yllana apostó constantemente por retoques tácticos que pocas veces dieron resultado. Lo que en un principio podía interpretarse como una búsqueda de alternativas terminó pareciendo falta de convicción. El equipo nunca encontró una estructura estable sobre la cual apoyarse y cada modificación abría nuevos interrogantes en lugar de resolver los existentes.
Los problemas, además, se reflejaban en cuestiones concretas. A San Martín le costó demasiado hacerse fuerte en La Ciudadela, algo impensado para un equipo que pretende ser protagonista y pelear por el ascenso. Y cuando salió de Tucumán tampoco logró construir una versión confiable: dejó escapar demasiados puntos y nunca consiguió la regularidad necesaria para dar un golpe de autoridad en la categoría.
Lo más preocupante fue que el paso del tiempo no trajo evolución. San Martín seguía compitiendo, seguía sumando, pero no crecía futbolísticamente. Y cuando un equipo no muestra una mejora evidente después de varias fechas, la paciencia empieza a agotarse. Más aún en un club donde el objetivo es claro y donde la exigencia forma parte de la vida cotidiana.
Tampoco ayudó la relación con la gente. El hincha de San Martín puede tolerar un mal resultado. Lo que le cuesta aceptar es no sentirse representado por lo que ve dentro de la cancha. Y eso fue precisamente lo que ocurrió durante buena parte del ciclo. Nunca terminó de generarse esa conexión entre equipo y tribuna que suele aparecer cuando existe una identidad reconocible.
La sensación predominante era que San Martín estaba siempre a mitad de camino. Ni era un equipo sólido defensivamente, ni era un equipo dominante en ataque. Ni imponía condiciones con claridad ni lograba sostener una regularidad futbolística que justificara una apuesta a largo plazo.
Por eso la salida de Yllana parece más una consecuencia que una decisión inesperada. Porque los ciclos no terminan únicamente por los resultados. También terminan cuando se pierde la confianza en el rumbo. Y hace tiempo que buena parte del mundo San Martín había dejado de ver en este equipo señales de crecimiento.
Ahora comenzará una nueva etapa. Pero el balance del ciclo deja una conclusión difícil de discutir: San Martín tuvo tiempo para consolidarse y nunca lo consiguió. Y cuando un equipo no convence, no evoluciona, no se hace fuerte de local, deja puntos valiosos en el camino y no logra identificarse con su gente, el final suele llegar mucho antes que los objetivos.

