20/04/2026

El Santo igualó 0 a 0 ante Tristán Suárez en un partido donde tuvo la pelota pero careció de ideas para lastimar. El equipo de Yllana volvió a mostrar dificultades para romper defensas cerradas y dejó una señal preocupante jugando en casa.

San Martín volvió a quedarse enredado en sus propias intenciones. El empate sin goles frente a Tristán Suárez dejó una sensación conocida en La Ciudadela: dominio sin profundidad, control sin peligro y tenencia sin sentido. El equipo de Andrés Yllana manejó la pelota durante largos pasajes, pero nunca logró hacerse dueño real del partido. Y esa diferencia, aunque parezca mínima, terminó siendo determinante.

El 3-5-2 que había dado respuestas en la fecha anterior, con mayor dinámica y sorpresa, esta vez se diluyó ante un rival que propuso un escenario completamente distinto. Tristán Suárez llegó a Tucumán con un plan claro: replegarse, cerrar espacios y apostar a algún error. Y ejecutó su libreto con disciplina. Frente a ese cerrojo, el Santo no encontró caminos.

La posesión fue estéril. San Martín movió la pelota de un lado a otro, pero sin ritmo ni claridad. Confundió velocidad con apuro: cuando debía tener paciencia para desordenar al rival, eligió saltearlo. Abusó del pelotazo frontal, facilitando la tarea defensiva del “Lechero”, que respondió con rechazos constantes y mantuvo el partido lejos de su arco.

El mediocampo, habitual sostén en otros encuentros, esta vez se mostró inconexo. Faltaron líneas de pase, sobró ansiedad y los carrileros no lograron imponerse por las bandas. Todo fue previsible. Y en el fútbol, la previsibilidad suele ser sinónimo de ventaja para el rival.

En ese contexto, Alan Cisnero aparecía como una de las pocas variantes capaces de romper el molde. Con su uno contra uno, ofrecía algo distinto en medio de la monotonía. Por eso, su salida sorprendió, sobre todo porque se dio en un momento clave: cuando Tristán Suárez se había quedado con diez jugadores. Era el instante para abrir la cancha, insistir por afuera y aprovechar el hombre de más. Sin embargo, la decisión fue otra y el equipo perdió su principal arma de desequilibrio.

Lejos de crecer con la superioridad numérica, San Martín se volvió aún más previsible. Reiteró centros frontales y pelotazos sin destino, simplificando el trabajo defensivo de la visita. Nunca logró generar una situación realmente clara ni obligó al rival a desordenarse.

Para colmo, la expulsión de Luca Arfaras terminó de equilibrar nuevamente el trámite y evidenció cierta falta de control emocional en un momento donde el equipo necesitaba serenidad. El cierre fue desprolijo, más empujado por la urgencia que sostenido por una idea.

El empate dejó algo más que dos puntos en el camino. Expuso una dificultad que empieza a repetirse: a San Martín le cuesta asumir el protagonismo en casa cuando el rival se repliega. Tiene la pelota, pero no encuentra soluciones. Y en una categoría donde abundan los partidos cerrados, saber cómo romperlos puede ser la diferencia entre ilusionarse o quedarse a mitad de camino.

Foto: San Martín

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *